Mi Biblia Primero - Lección 16


 LECCIÓN 16

Enseñando y Sanando

Basado en Marcos 2:1–12; Lucas 5:12–26; 7:1–10; Juan 2:13–22; 3:1–21; 5:1–18

Un corto tiempo después de la boda, cuando Jesús convirtió el agua en jugo de uva, fue a la celebración de la Pascua en Jerusalén. Mucha gente de otros lugares del país y aún de lugares lejanos, viajaban a ese lugar. (El día viernes, en la lección 14, nos habla del significado de la Fiesta de la Pascua.)

Dios quería que su hermoso templo fuera un lugar santo, donde las personas pudieran aprender acerca de Él, adorarle y alabarle. Todo lo concerniente al templo era para ayudar a la gente a entender la promesa de Dios de que enviaría a Jesús, el Mesías, para morir en nuestro lugar. De esta forma, cada persona podía escoger apartarse de Satanás. ¡Qué triste que casi nadie parecía darse cuenta de que el Mesías ya había venido!

Lo que Jesús vio, cuando entró en el atrio del templo, lo entristeció. Parecía como si fuera un ruidoso mercado. La gente que no podía traer sus sacrificios desde lejos, los compraban allí en Jerusalén. De modo que el atrio estaba lleno de ruidosos animales y de pájaros que estaban a la venta.

También habían personas que intercambiaban dinero común, por la moneda que se usaba en el templo. Era una ley, que cada hombre debía dar una ofrenda especial cada año, y sólo se podía usar las monedas especiales que se llamaban “siclo”. Éxodo 30:12–16. Así es que, junto con los ruidos de los animales y de los pájaros, la gente enojada gritaba y argumentaba. Aquellos que vendían animales y pájaros, y también los cambistas de dinero, le cobraban de más a la gente. Todos sabían que estaban estafando a la gente.

Cuando Jesús se paró en los escalones del atrio, vio y escuchó todo lo que estaba pasando. La forma en que se paró, y la expresión de su rostro, hizo que la gente se detuviera y lo mirara. Había recogido unas cuerdas y les había dado forma de látigo. Mientras la gente lo miraba, veía un poder que le acompañaba que los atemorizaba a todos. De pronto, todo se quedó en silencio. Jesús se movió hacia ellos. Sus ojos fijos y su voz alta y clara, “¡Saquen estas cosas de aquí, han convertido la casa de mi Padre en un mercado!” En seguida, esa gente codiciosa, muy asustada, obedeció. Salieron huyendo del templo, llevándose consigo sus animales y pájaros. Juan 2:13–15.


Cuando Jesús le dijo a los cambistas y a la gente que vendía los animales que se fueran del atrio del templo, muchos de los sacerdotes y líderes huyeron también. Cuando, después de un rato, se sintieron lo suficientemente valientes para detenerse y pensar, se pusieron muy enojados. Aunque ellos debían saber que cambiar dinero y vender animales en el atrio del templo era incorrecto, habían acordado compartirse el dinero de las ventas. Ahora Jesús había arruinado sus planes codiciosos.

La gente que había venido a adorar y a orar, no salió huyendo. Estaban felices por lo que había hecho Jesús; y mientras Él hablaba con ellos, muchos creyeron en Él. Juan 2:23.

Uno de los líderes importantes que no salió huyendo fue Nicodemo. Él también, estaba contento con lo que Jesús había hecho. Él quería hablar con Jesús, pero no quería que nadie lo supiera. Así es que fue a visitar a Jesús de noche. Juan 3:1, 2.

Al mirar a Nicodemo, bondadosamente, Jesús le dijo que necesitaba nacer de nuevo.

Nicodemo estaba muy sorprendido. Él pensaba que estaba obedeciendo los Diez Mandamientos, al igual que todas las reglas que habían puesto los judíos y que se enseñaban en las escuelas. Por lo tanto, estaba seguro de que era lo suficientemente bueno para estar en el reino de Dios. Además, ¿cómo puede alguien nacer de nuevo? Versículo 3.

Amablemente y con tacto, Jesús habló con Nicodemo; y a medida que el Espíritu Santo impresionaba su mente, comenzó a sentir de que quizá no era tan bueno como él pensaba. El nacer de nuevo quiere decir que tienes un nuevo corazón; nuevos pensamientos acerca de Dios y de uno mismo. Todos hemos pecado, y merecemos la muerte eterna. Romanos 3:23; 6:23.

Jesús le dijo a Nicodemo que el Mesías iba a morir en una cruz, tomando nuestro lugar. Los sacerdotes y gobernantes no querían creer esto. Querían un Mesías que luchara contra sus enemigos, y que hiciera de su nación, una nación fuerte y rica. Probablemente no pensaban en que necesitaban un nuevo corazón.

Nicodemo ahora tenía mucho en qué pensar cuando fue a casa esa noche, ¿verdad?


Mucha gente donde vivía Jesús era orgullosa por que guardaban los Diez Mandamientos. Los líderes aun habían hecho muchas más reglas que Dios nunca les había dado. Por ejemplo, en vez de que el sábado fuera un día feliz, habían añadido tantas reglas de cómo se debía guardar, que era difícil aun recordarlas todas. Jesús adoraba con otras personas en el templo o en las sinagogas (iglesias) en el día sábado, pero no guardaba todas esas reglas que ellos habían añadido. Jesús sabía que el sábado debía ser un día especial y feliz.

Un sábado en Jerusalén, Jesús fue a un lugar donde habían muchos enfermos que esperaban alrededor de un estanque de agua. A veces el agua del estanque se agitaba, y la gente creía que la primera persona que pudiera meterse en el agua, después de que se agitaba, sería sanada. Juan 5:1–4.

Jesús sabía que si sanaba a toda esa gente enferma en sábado, haría que los judíos lo odiaran más aún. Pero Él vio a un hombre cuya enfermedad era peor que la de los demás. Su enfermedad había sido su propia culpa, pues había hecho cosas que no eran buenas para su cuerpo. Pero Jesús se compadeció de él. ¿Qué se dijeron y qué pasó? Versículos 5–8.

Cuando Jesús le dijo a ese hombre que se pusiera de pie, él no dijo “No puedo.”

Más bien, escogió confiar y obedecer; y cuando trató, Dios le dio el poder de pararse. Versículo 9.

¡Imagínate cómo se sintió el hombre después de no haber podido caminar por todos esos años!

Saltó sobre sus pies, recogió su lecho, y se volteó para agradecerle al que lo había sanado. Pero ya Jesus había desaparecido entre la gente. Ya se había ido. Y el hombre no sabía ni siquiera Su nombre.

Mientras el hombre sanado se daba prisa para llegar al templo para alabar y agaradecer a Dios, ¿quién lo detuvo y qué pasó? Versículos 10–16.

Los enojados líderes le dijeron a Jesús que era malo sanar en sábado. Pero Jesús les dijo que Dios, Su Padre, brinda ayuda todos los días. Esto hizo que los líderes judíos odiaran a Jesús más que antes, pues había dicho que Dios era Su Padre. Versículos 17, 18.


“¡Inmundo! ¡Inmundo!” Si oías a alguien gritar esto en los días de Jesús, sabrías, de una vez, que un leproso le estaba avisando a la gente que no se le acercaran. La lepra era una enfermedad que aterrorizaba a todos. No tenía cura. Un leproso tenía que abandonar su hogar, mantenerse alejado de la gente, y vagar solo o junto con otros leprosos. Si se acercaba a la gente, debía gritar, “¡Leproso!” y así todos, rápidamente, se apartaban del camino por donde iba.

Un día, una gran multitud rodeaba a Jesús mientras Él enseñaba y sanaba a las personas. De pronto vieron a un leproso que venía hacia ellos. Tenía un aspecto terrible. Era fácil ver que esta horrible enfermedad, poco a poco lo estaba matando. Todos se amontonaron hacia un lado para evitar tocarlo. “¡Vete de aquí!” algunos gritaron. Pero él continuó caminando hacia Jesús.

Jesús, calladamente, esperó hasta que el leproso se le acercara, y calló a sus pies. “Señor, si tú quieres, puedes limpiarme,” rogó el leproso. ¿Qué hizo y qué dijo Jesús? Lucas 5:12, 13.

La gente casi no podía creer lo que había pasado. Ningún leproso había sanado desde hacía cientos de años. Así que, Jesús le advirtió al hombre que no le dijera a nadie lo que había sucedido. Primero, los sacerdotes tenían que examinar al hombre y declarar que ya no tenía lepra. Si antes de examinar al hombre los sacerdotes se enteraban de que Jesús lo había sanado, quizá no dirían la verdad. ¿Qué hicieron las personas que habían visto el milagro? Versículos 14, 15.

La lepra es como el pecado. No podemos curar el pecado por nosotros mismos. Sólo Jesús lo puede hacer. A la gente se le había enseñado que la enfermedad, y otras cosas malas que nos suceden, vienen como un castigo de Dios. Jesús enseñó que eso no siempre es verdad; Dios ama a todos, aun al peor de los pecadores.


Un día, Jesús estaba predicando y enseñando en una casa. La gente se había amontonado adentro y por los alrededores de la casa para poder ver o al menos escuchar. Cuatro hombres llegaron cargando a un hombre que estaba muy enfermo y paralítico. Trataron de meterse entre la gente para llegar hasta Jesús, pero no podían. Marcos 2:1–3.

El pobre hombre enfermo se sentía desesperado. Tanto él, como sus amigos, sabían que su única esperanza estaba en llegar hasta dónde estaba Jesús. Así que, trazaron un plan. Versículo 4.

Imagínate a la gente mirando hacia el techo mientras oían un ruido, y después viendo que bajaban a un hombre en su lecho, justo en frente de Jesús.

Jesús sabía que la razón por la cual este hombre estaba paralizado era porque había hecho cosas durante su vida que no eran buenas y habían afectado su cuerpo. Jesús también sabía que este hombre anhelaba saber que Dios lo amaba y que lo perdonaría por haber hecho esas terribles cosas.

¿Cuáles fueron las primeras palabras que Jesús le dirigió? Versículo 5. Cuando el rostro amoroso de Jesús lo contempló, lágrimas de gozó llenaron los ojos del pobre hombre. Había sido perdonado. Pero los escribas no estaban llenos de gozo, y Jesús sabía los pensamientos que pasaban por sus mentes. Versículos 6–12.

¡Fue un hombre feliz, el que corrió a su hogar esa noche! ¡Cuán feliz estaría su familia al recibirlo y escuchar todo lo que había sucedido! Y Jesús estaba feliz también, aun cuando los escribas que estaban allí no lo estaban. En todo cuanto hacía, Jesús demostraba cómo realmente era Dios. Él es un Dios amante quien tiene compasión de nosotros y quien nos ama y quiere que estemos en Su reino.


Alos oficiales romanos que estaban a cargo de 100 soldados se les llamaban centuriones. Había un centurión romano que era tan bondadoso con la gente, que aun había construido una sinagoga (como una iglesia) para ellos. Un día, cuando Jesús estaba en la ciudad donde vivía este centurión, un grupo de los líderes de la sinagoga vinieron a pedirle a Jesús que hiciera algo especial por el buen centurión. Lucas 7:1–5.

Jesús siempre estaba dispuesto a ayudar a las personas. Amaba a todos, así que gozosamente fue con los líderes de la sinagoga hacia la casa del centurión.

El centurión sintió pena al ver que Jesús se había molestado al venir hasta su casa. No pensaba que era lo suficientemente bueno para que una persona tan importante como Jesús viniera a su casa. Él estaba seguro de que todo lo que tenía que hacer Jesús era decir la palabra y su sirviente sanaría inmediatamente. Rápidamente llamó a algunos de sus amigos y les pidió que le dijeran a Jesús cómo se sentía. Versículo 6.

Pero Jesús siguió caminando hacia la casa del centurión. Y cuando el centurión salió a recibirlo, le dijo a Jesús que no pensaba que era lo suficientemente bueno para que viniera con él. “Pero di la palabra,” le rogó, “y mi siervo sanará.” Versículo 7.

Jesús quedó admirado de que un centurión romano creyera tanto en Su autoridad y en Su poder. ¿Qué dijo Jesús acerca de Él? Versículo 9.

Luego, dirigiéndose al centurión le dijo que la sanidad de su siervo dependía de cuánta fe tuviera él en el poder de Jesús para sanar. Mateo 8:13, primera parte.

Jesús sabía, por supuesto, que el centurión verdaderamente creía que Él podía sanar a su siervo. Y cuando el centurión y sus amigos regresaron a su casa, ¿qué encontraron? Mateo 8:13, segunda parte; Lucas 7:10.